La cicatriz que eligió a un luchador
Antes de los estandartes y antes de que las gradas aprendieran los nombres de los campeones, solo existían la Puerta y una runa roja que ardía en su piedra. No hablaba con reyes ni respondía a sacerdotes. Despertaba cuando un luchador destrozado salía de las cenizas y se negaba a morir.
La primera cicatriz rúnica cruzó el pecho de aquel luchador como una herida hecha de fuego. Recordaba cada derrota, cada error y cada pacto sellado por miedo. Pero también recordaba el valor. Cada batalla alimentaba la marca; cada victoria la afilaba.
Ahora todo guerrero que entra en RuneScar recorre el mismo camino. Algunos luchan por oro, otros por venganza y otros porque ya no tienen nada que ofrecer de su antigua vida. A la arena no le importa: mide el tiempo, el equipo, los nervios y el hambre que hace levantarse una vez más.
La clasificación no es una tabla de números. Es el salón de los testigos. Los nombres ascienden cuando la multitud cree en ellos y caen cuando el miedo alcanza la mano antes que la hoja.